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DESEN-16

 

Para Gerónimo Carrizalez, Manuel Alva, Juan Medina López, Sergio Santiago R.

A lo mejor es un recuerdo equivocado. Confuso. Pero de esa noche en que llegamos al departamento que arrendaban Juan y Evy por el rumbo del Sindicato de Electricistas (SUTERM), conservo la idea de que andábamos como enfebrecidos. Fue en 1976, el día de las elecciones en que el Partido Comunista Mexicano postuló a Valentín Campa Salazar -no con la intención de ganar las elecciones presidenciales-, pero sí con la idea muy clara de conseguir los votos necesarios para que el PCM obtuviera una especie de pre-registro que le permitiera ¡tres años más tarde participar en otras elecciones! para refrendarlo o perderlo o conseguirlo tan definitivamente como al gobierno se le antojara. Todas esas burdas truculencias con que se aferró siempre al poder de manera cínica el viejo pri. (Escribir viejo pri me parece que presupone la existencia de un nuevo pri, lo cual es un error: el pri nació vetusto y vetusto ha perdurado esparciendo olor a podredumbre, cadáveres y gusanos por la república). Lo que no recuerdo es si ya había en el pequeño departamento una cuna con el primer hijo de Juan y Evy. (Al rato le envío un correo a Juan para preguntarle).

Ese día de elecciones en ese año ya tan lejano, se había instalado en tal departamento una especie de breve oficina alternativa. Había allí una pequeña base de radio que no paraba de zumbar, y hojas con los números de las casillas y sus ubicaciones, un par de sumadoras. Entraba y salía gente, la mayoría joven, algunos portando una radio en la cintura. Algunos se quejaban de que la onda de la radio estaba siendo bloqueada a cada rato.(A mi nadie me ofreció uno de estos aparatos ese día por lo que tantas décadas después deduzco que yo no servía para nada). Ja.

Por años he llevado la certeza en el corazón de que en el PCM nadie nunca me consideró con seriedad. Pero esto no provocó en mi un resentimiento realmente incómodo. Entonces, pienso, por el negro sentido del humor que siempre tuve y que me permitió reír de mi antes que nadie y, con los años, porque entendí, uno, que nunca fui un militante disciplinado, valiente, estudioso, dedicado. Y luego, o dos, porque con la edad comprendí que el Partido Comunista fue y es un hito importantísimo en la historia de México, al que un diletante como yo poco o nada tenía para aportar. Es cierto, en discusiones con mis amigos, coincidimos en descubrir algunos yerros que el partido o había cometido, o insistía en cometer, pero yo no lo hice por agudeza política sino por instinto y, finalmente, con escasos o nulos conocimientos teóricos, nada habría podido ofrecer para enmendar. Nunca, como siempre acusaron algunos queridos compañeros y amigos, en broma y en serio, pude salvarme de mi pensamiento pequeño-burgués… -del peor: No el que brota natural del entorno de comodidad que es provisto por la familia, sino de los complejos que surgen de haber sido y ser un proleta con aspiraciones artistoides-.

Pero, repito, no me he arrepentido de haber estado en la Juventud Comunista y luego, tan brevemente, en el partido. Fueron unos cortos años medulares en mi vida donde con todo y mi carga de egoísmo me sentí parte de algo, de alguien, y hasta de un país. Me casé, tuve una hija, dejé de ver a mis queridos amigos de barrio. Y todo sin saber nada de la vida. (Y bueno, porque nunca se sabe nada de la puta vida).

 

Recuerdo ahora un atardecer anterior en ese mismo año en que Sergio Montes y yo, semiebrios y casi sin dinero en los bolsillos, decidimos a último momento, seguro animados por el alcohol, buscar acomodo -fiado- en el único autobús que había preparado el partido -o el único que restaba con asientos vacíos-, para viajar a la ciudad de México con el fin de asistir al cierre de campaña de Valentín Campa.

Sergio va a casa a por su mujer. Y yo por Gloria, mi esposa entonces. Ésta se entusiasma ante la perspectiva del inusitado viaje y prepara lo esencial para nuestra hija que tiene o está por cumplir cuatro años. (La recuerdo más pequeña ¿estaré confundiendo?). No recuerdo si Sergio y Meche -ahora ya muerta, por cierto-, cargan con su hijo más pequeño: ¿Quién? ¿Tania?, ¿Pavel? Olvido. El autobús que el partido alcanza a rentar es horrendo y viejo. Y allá vamos, por la terrible carretera al df entonces, y tardamos más de catorce horas en llegar.

He olvidado donde almorzamos, si lo hacemos, y la hora en que entramos al que nos parece inmenso Auditorio Nacional y en donde por todo pasillo o puerta, se deslizan sin interrupción miles de gentes como ordenadas hormigas, todos, como si tuviéramos la certeza de que estamos ingresando al umbral de la historia. Y ésta, contemplada desde allí nos pareciera apabullante. La sección Tamaulipas queda lejísimos del foro como lejísimos hemos estado todo el tiempo de todo. Pero allá brillan los pendones de tafeta roja con hoz y martillo. No recuerdo quiénes son los oradores de aquella asamblea o mitin de cierre de campaña. Seguro Arnoldo Martínez Verdugo y Valentín Campa Salazar, por supuesto, pero ¿quién más? ¿el tampiqueño Marcos Leonel Posadas, encargado de la Juventud Comunista a nivel nacional entonces? ¿El maderense de refilón, periodista y novelista Gerardo Unzueta, otro destacado e incorruptible comunista? ¿el brillante intelectual Enrique Semo?

Éramos tan poquitos, carajo, y éramos tantos. Tal vez porque éramos jóvenes.

 

Hace poco me topé con el dato de que hubo un tiempo en que el partido llegó a tener únicamente de 900 a 1200 miembros en toda la república. Claro que el dato puede no ser exacto porque el partido estaba organizado para una especie de clandestinidad al que el gobierno lo forzaba a través del expediente de encarcelar y enjuiciar a sus dirigentes con frecuencia, mediante las acusaciones más estúpidas o alocadas. Esa organización era clásica todavía entonces y a nosotros -a mi, inconsciente- nos parecía divertida y exagerada. Los dirigentes históricos -por decirlo de algún modo-, eran visibles, pero los miembros de base nos organizábamos por células, de tal modo que sólo conocíamos a nuestros compañeros de célula y a lo dirigentes inmediatos. Se suponía que no sabíamos cuántas otras células había en el puerto ni quienes las integraban… y de alguna manera era cierto por más que, bueno, el puerto era pequeño entonces.

Se me viene a la memoria algo que todavía hoy me parece estúpido o surreal. El gobierno tenía en cada ciudad del país más o menos mediana y grande, al menos un espía -un agente de gobernación, después, con el Orejotas, fue de la sie(ei)do: la maldición mexica de las iniciales-. Cuando el Partido Comunista tenía programado un mitin a las siete de la tarde, el espía llegaba como a las seis y media, sin duda porque tenía otras cosas qué hacer: cita con una nalga, borrachera con unos cuates o, simplemente, le aburría la perspectiva de quedarse a cumplir su función; buscaba a uno de los dirigentes locales del partido que ya anduviera por allí acomodando cables, se acercaba, lo saludaba amistosamente y luego preguntaba: ‘Oye ¿y de qué tratará el mitin..? Ah’. ‘¿Va contra alguien en especial..? Ah’. Apuntaba en una libreta mugrienta con bolígrafo bic, imagino que con faltas de ortografía -casi siempre el agente era un licenciado sin chamba-. ‘Oye ¿y cuánta gente crees que asista..? Ah.’ Y el miembro del partido no le mentía. Luego el agente daba las gracias, cerraba su libreta, se despedía de mano. De esto yo fui testigo, nadie me lo contó. No lo podía creer. Me gustaba hacerme pendejo entre la gente, ver y escuchar: yo era un soberbio desconocido. Cuando escuché este diálogo reclamé: ¿Pero por qué le das la información que te pide? Respuesta: Porque este es un acto público. Sino ¿por qué estamos aquí en la plaza? Me miraba con conmiseración. Otra cosa que me sorprendió y también me pareció una tontera, fue descubrir que el gobierno espiaba a sus propios miembros. “Diego vuela a México a las siete de la mañana: que anoten quien lo acompaña, quienes se presentarán a despedirlo al aeropuerto”. Diego que ya borracho bailaba con un jaibol equilibrado en la cabeza en ‘La cueva del son’. Ay, no mamen, están todos locos o qué.

(Aquí suprimí un párrafo). Siempre me voy de la lengua. También siempre recuerdo a mi madre que patentizaba mis defectos con lamento: Ay, hijo. Ya todo lo olvido. Todo se lo come el recuerdo en el almuerzo. El olvido y el recuerdo cogen en cama demasiado mullida; casi se ahogan en lo abullonado, sudorosos; deshidratados no alcanzan a llegar al orgasmo.

 

¿A qué horas terminó aquel mitin lejano en el Auditorio Nacional de la ciudad de México donde cerraba su campaña aquel hombre inquebrantable, don Valentín Campa Salazar -perseguido, prisionero, torturado, vuelto a perseguir y a encarcelar-? ¿Dónde comimos, a qué hora emprendimos el regreso, cuánto cansancio puede absorber, ya no la esperanza sino el mero contento? Interrogada muchos años después, mi hija no recuerda nada absolutamente de aquel viaje en nuestros jóvenes brazos. Fue un viaje agotador pero ¿a quién le pesa?

Yo tampoco recuerdo más. ¿Fueron esas las elecciones en que representé al Partido Comunista, mi partido, en una casilla ubicada en Jaumave esquina con Alameda de la colonia Tamaulipas, a dos cuadras de la casa de mis padres? ¿Cuando descubrí en directo que el pri, ese partido que nunca ha sido ni será un partido político, pensaba que las elecciones eran sus elecciones: que ellos las organizaban las sostenían las dictaminaban las compraban vendían se cagaban en ellas? ¿Y que todos los demás éramos sólo invitados de ocasión permitidos con reservas gracias a su gran generosidad? Do not touch there, pendejo!

Sí, sí fue aquel 1976. Recuerdo que a esa casilla llegó también un representante del pan, un hombre que a mi me parecía viejo pero que sin duda era, cuando más, cuarentón. No intervenía en nada. A las diez de la mañana nos dijo en voz baja, a los dos del PC, que tenía que visitar otras casillas: ‘ai’ les encargo, muchachos’, y se largó para no volver en todo el día. Qué cabrón.

A pesar de que la casilla estaba instalada a dos cuadras de mi casa de infancia y juventud, ninguno de los que estaban allí me resultaban conocidos, ni yo a ellos. Reglamento en mano, nosotros peleábamos por todo, el presidente de casilla estaba apenadísimo y pedía que no fuéramos a incluir un acta que arruinaría su trayectoria como funcionario de casilla. ¿Por qué pensaba eso? Misterio. Las representantes priístas -mujeres-, dejaron de pelear con nosotros y se fueron sobre él acusándolo de debilidad. (Eran bravas mujeres de barrio, ignorantes pero avezadas. Su único argumento era: “Nosotras tenemos años en esto y siempre le hemos hecho así… ¿quiénes son ustedes, por qué quieren venir a darnos órdenes?”. Nosotros, que tampoco las teníamos todas consigo, no nos atrevíamos a sonreír pero mostrábamos el reglamento y la sección aludida). Al final, yo sentía pena por aquel hombre, presidente de casilla. Quién sabe quién sería. Pero no cedimos respecto al acta lo que francamente me pareció, con los años, una mezquindad. Nunca he olvidado el rostro del hombre: era la cara de un tipo decente y realmente preocupado. Aceptaba haber cometido un error; nos ofrecía mil disculpas cuando las señoras priístas no lo escuchaban; el error no había tenido consecuencia alguna, nos constaba. Pero con la arrogancia de la juventud, no cedimos. Mi inexperiencia, mi falta de sensibilidad, me impidió darme cuenta de que aquel hombre actuaba allí con la mayor honestidad de que era capaz -había sido presidente de casilla varias veces y nunca había tenido problemas, dijo-, de que temía a las mujeres priístas y de que, al final, se sentía más cercano a nosotros con nuestro legalismo desvelado y juvenil que a aquellas.

 

Cuando esa noche nos apresentamos en la casa de Juan y Evy, como ya conté. Las casillas habían cerrado y se estaba recibiendo información de la región y esporádicamente del país. Todo parecía indicar que ya habíamos sobrepasado el millón de votos y que el registro -condicionado a las elecciones próximas, a que no lloviera mucho, a que no azotara un huracán, a que el presidente no tuviera gripe-, del Partido Comunista Mexicano se convertiría en una realidad. Todos nos veíamos cansados y exultantes, como cuando niños en las vacaciones de agosto nos pasábamos todo el día jugando en la calle y terminábamos encendidos, febriles, llenos de polvo, sudor y sol secos. De alguna forma, era una noche de triunfo en la larga y sacrificada lucha de la izquierda en México. Pero yo, poco me di cuenta entonces y despacio me he dado cuenta a lo largo de los años, no sentía aquel hecho como una victoria. En aquel tiempo no hubiera sido capaz de formularlo así pero tampoco me habría atrevido a manifestarlo desdeñando el trabajo de miles de compañeros en todo el país. Trabajo verdadero, no como el mío que nada sacrificaba. Creo que Gloria y yo nos fuimos a casa cerca de la medianoche.

Ya pasaron cuarentaidós años de aquel 1976: Que día alocado. Creo que en la zona todos hicieron un gran trabajo: Juan se veía importante tras sus anteojos y su gesto, manipulando actas y sumadoras, oyendo zumbar la radio en la salita de su departamento. Sí, sin duda cumplió con su momento. Y él lo sentía y lo actuaba así. (Siempre fue un poco actuado este estimado Medina López, hermano de Teodoro).

Lo que voy a preguntarme siempre ¿era aquel mi momento? ¿O nunca hubo un momento en que yo caminara firme y con buen traje hacia ese sitial, mi momento, breve pero importante en mi trayecto a la adultez? ¿La venganza fue en mi vida un sentimiento primordial? La justicia empieza con la venganza, pensaba -a lo mejor pienso-, luego se atempera, habrá tiempo para ello: sólo entonces se convierte en justicia. Muy jóvenes -esto ya lo escribí- mi primo Manuel y yo nos sentábamos en la plaza de armas y asignábamos postes y árboles para colgar a miembros de la burguesía y el poder porteños. Cada árbol, cada poste, tenía ya su nombre. Reíamos. Eran juegos, y juegos estúpidos, lo acepto ahora. Pero eran juegos que, al fin, no carecían de esencia. Aunque, para colmo, Manuel es uno de los hombres más nobles y generosos que he conocido en mi vida: no creo que nunca hubiera colgado a nadie.

Y sin embargo, con los sucesos que después se desgranaron conforme se torcía la historia, nunca fui partidario de ‘ganar a toda costa’. Conforme el Partido Comunista Mexicano paso a desvanecerse en PMS, PSUM, PRD y miré con desconsuelo cómo los viejos comunistas aceptaron hacerse a un lado en aras de la unidad… Unidad que nunca se logró pues de inmediato se formaron al interior mezquinos grupos de interés, mi idea de una izquierda fuerte y leal también se fue disolviendo en mi esperanza. Y eso me llevó a pensar en la aberración estalinista de finales del cardenismo y principios del camachismo: ‘la unidad a toda costa’, que tan caro, pero tan caro, le costó al comunismo mexicano. Es cierto que no tiene caso ganar sin ganar, pero menos caso tiene ganar perdiendo. Y ganar perdiendo implicaba e implicó, la desintegración de un centro moral que fue el sostén en las batallas que dieron grandes militantes comunistas mexicanos. Y luego la disolución, ya no formal sino humana, del viejo Partido Comunista Mexicano luchador incansable por el socialismo en México.

Con el antecedente del movimiento de 1968, la represión del gobierno de Díaz Ordaz y la llegada al poder de Echeverría, su cumplido cómplice en la matanza, la década de los setenta se nos presentaba a algunos jóvenes de entonces como un terreno largo y yerto. La guerra sucia contra cientos de muchachos que buscaron otros rumbos en la lucha por la libertad -o si quieren, e igualmente válida, su libertad- y que fueron desaparecidos, torturados y asesinados por el gobierno, ensombrecieron más aquellos años pues era el colofón abiertamente descarnado de una dictadura de medio siglo para acabar con sus nacientes opositores.

Y sin embargo aquel día, a mediados de tan dura década, en 1976, más de un millón de mexicanos, sin acarreos, sin despensas, sin pago en efectivo y algunos, tal vez con temor, fueron a las urnas a depositar su voto por Valentín Campa Salazar, el duro e inteligente líder ferrocarrilero, con el fin de que el Partido Comunista Mexicano obtuviera su registro.

 

Ah, aquel día lejano, alejado a golpes de más de cuarenta años, qué niños sudorosos, entusiasmados, rebosantes de sol, anochecíamos con la certeza de.

Habíamos llegado al pequeño departamento de Juan y Evy a entregar nuestro reporte; zumbaba la pequeña centralita de radio, Juan daba órdenes, algo que siempre le gustó (pero se lo ganó, al menos esos años). Hacía calor. Jóvenes entraban y salían -pocas mujeres todavía entonces, habría que decirlo-.

La puerta estaba a mi espalda, luego el pasillo estrecho que pasaba frente a varios departamentos, enseguida la escalera a la planta baja, la puerta a la calle: la noche. La noche abierta a la parte céntrica de la calle Tamaulipas; al viejo, siempre mal oliente puerto.

No sabía qué pensar. Ignoraba qué sentía. Todavía hoy lo ignoro a pesar de que esto escribo.

 

Valentín Campa, nació en los albores del siglo y murió un año antes del final del siglo veinte. Como un abuelo, un padre de nuestra generación, en un siglo desmesurado quiso verlo todo y todo trató de entenderlo. No era fácil pero lo intentó. Y cometió errores y también acertó. Fue el tipo de hombre por el que la historia avanza: fue valiente y no traicionó.

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